
A ver, muchachos, aceptemos la escena sin maquillaje: hoy cualquier dato vive a dos clics de distancia, más accesible que el café aguado de la cafetería. Vivimos en un país donde todo se consulta en Google, desde la historia patria hasta la receta para sobrevivir a un semestre de Metodología. Y ante esta obviedad digital, surge la pregunta incómoda —la que descoloca, la que desmonta el teatro escolar—:
¿Qué perdió realmente quien no vino hoy a clase?
Si lo único que se perdió fue información que puede encontrar mientras espera el RUTA o mientras se hace bolas con el wifi del campus… Houston, tenemos un problema. Porque, francamente, si la clase se reduce a repetir lo que ya existe en millones de páginas, entonces la escuela se vuelve un museo del siglo XX que sigue vendiendo boletos como si nada hubiera pasado.
Pero la educación —la verdadera, la que aún respira entre tanta burocracia y tanta plataforma— no está en memorizar la fecha exacta en que Miguel Hidalgo tocó la campana en Dolores ni en coleccionar definiciones como estampitas. La educación ocurre cuando uno piensa, cuando se confronta con un otro que piensa distinto y aun así sigue siendo interlocutor. Ocurre cuando dejamos de recitar lo evidente y empezamos a sospechar de lo que parece natural, tal como sugeriría Chomsky en una tarde particularmente irritada por la propaganda global.

Y aquí entra Monsiváis, sentado al fondo con sus lentes empañados, recordándonos que México es experto en confundir información con sabiduría. Que llenamos cuadernos como quien llena formularios y, sin embargo, seguimos sin preguntarnos por qué las cosas son como son. Porque sí, la fecha del Grito está en Google, pero ningún algoritmo nos explica por qué seguimos venerando ese instante como si fuera un talismán cívico ni qué dice eso sobre nuestra relación tan mexicana con el mito y la memoria.
Por eso mi insistencia —esa que algunos confunden con necedad y otros con romanticismo académico—:
si mi clase no te enseña a pensar, analizar, dudar, argumentar y ver el mundo con una sospecha constructiva, entonces mejor quédate en casa.
De verdad. Te vas a ahorrar el tráfico de la 11 Sur.

Pero si aquí, en estas paredes con eco, aprendemos a desarmar discursos, a no tragarnos las respuestas fáciles, a leer el país más allá del trending topic, entonces tu presencia no solo importa: es indispensable.
Porque en la era donde sobran datos pero escasea el criterio, donde el ruido digital se confunde con conocimiento, donde la posverdad ya ni se molesta en disfrazarse, lo que realmente vale la pena no es acumular información… sino aprender a pensarla.
Y para eso, créanme, sí vale la pena venir.
Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz es profesor-investigador en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Especialista en administración pública, comunicación política e inteligencia artificial, combina docencia, análisis crítico y divulgación académica. Es columnista en Periodismo Hoy y autor del blog luisenriquesan.blog, donde aborda temas de educación, política y pensamiento contemporáneo.
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