Schopenhauer y el negocio de robarnos la vida

Por el Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz

Ilustración de un reloj de arena que transforma el tiempo en notificaciones sobre un teléfono, junto a un libro abierto y un retrato de Schopenhauer.
Mientras tú dices que estás pasando el tiempo, alguien puede estar facturando tu atención. Ilustración editorial generada con IA.

Abrimos el teléfono para mirar la hora y, cuando volvemos a levantar la cabeza, ya le entregamos media tarde. Un video, una pelea, un escándalo, una opinión que nos indigna y otra que nos confirma que somos estupendos. El dedo trabaja sin descanso. La cabeza, a ratos, apenas participa. Después decimos que el tiempo se fue volando. Qué expresión tan generosa: le concedemos alas a lo que nosotros dejamos escapar.

Arthur Schopenhauer dejó una observación que todavía incomoda. Radio Mitre la difundió con esta formulación en español:

“Las personas comunes solo buscan pasar el tiempo, mientras que quien tiene algún talento tiende a aprovecharlo”.

La idea puede verificarse en el capítulo II de Aforismos sobre el arte de saber vivir, disponible en la traducción inglesa de T. Bailey Saunders como The Wisdom of Life. La redacción cambia entre traducciones. El problema filosófico permanece: qué hacemos con las horas que, al menos en principio, podemos llamar nuestras.

La frase tiene filo, pero también veneno. Puede ayudarnos a pensar o convertirse en otro letrero de superioridad personal. Conviene leerla antes de mandarla al grupo de WhatsApp como certificado de pertenencia al club de los talentosos.

Matar el tiempo: una confesión involuntaria

La expresión matar el tiempo merece una pausa. Hablamos de él como si fuera un intruso al que debemos quitar de en medio. Esperamos el viernes, las vacaciones, la siguiente temporada de la serie, la próxima noticia. A fuerza de esperar algo, podemos terminar tratando nuestra propia vida como una sala de espera.

En Schopenhauer, el aburrimiento ocupa un lugar central junto al dolor. Cultivar recursos interiores —pensar, leer, crear— ofrece una forma de habitar el ocio. Desde esa perspectiva, una hora disponible puede abrir una pregunta, una curiosidad o una obra.

Llevado a nuestra vida cotidiana, el argumento resulta incómodo. ¿Qué queda de nosotros cuando desaparecen las notificaciones? ¿Podemos sostener una conversación con una idea? ¿Nos interesa algo que no venga acompañado de aplausos?

La vida interior empieza a empobrecerse cuando todo lo que nos interesa necesita llegar desde afuera. Y hay una ironía cruel en disponer de una biblioteca entera en el bolsillo y utilizarla únicamente para comprobar quién se peleó con quién.

Mientras tú pasas el tiempo, alguien lo factura

Schopenhauer escribió sobre individuos que buscaban distracciones. Hoy podemos añadir una pregunta sobre los negocios que rodean esas distracciones. En los servicios financiados mediante publicidad, nuestra presencia tiene valor comercial. Alphabet lo explica en su informe anual de 2025: Google Services obtiene ingresos principalmente de publicidad, y entre sus métricas de monetización figuran clics e impresiones.

Ese dato no demuestra que cualquier minuto frente a una pantalla sea perjudicial. Sí permite advertir un conflicto de intereses: lo que conviene al negocio puede diferir de lo que conviene a nuestra vida. Quedarnos tiene un valor para quien vende anuncios, aunque para nosotros la siguiente media hora aporte muy poco.

Mi lectura es esta: la distracción adquiere una dimensión política cuando ocupa el espacio necesario para comprender lo que ocurre. Podemos consumir discusiones públicas durante horas y terminar con más enemigos imaginarios que preguntas bien formuladas. La indignación da sensación de actividad. A veces deja el entendimiento exactamente donde estaba.

Mientras tú dices que estás pasando el tiempo, alguien puede estar facturando tu atención. La frase parece exagerada hasta que recordamos que los anuncios tampoco llegaron a la pantalla por amor a nuestra compañía.

El talento tampoco concede patente de superioridad

Aquí toca discutir con el alemán. Su división entre personas comunes y personas con talento puede alimentar una jerarquía demasiado cómoda. Basta con que cada lector se coloque del lado brillante para que la filosofía termine convertida en un espejo complaciente.

El propio texto contiene juicios elitistas sobre las capacidades intelectuales. Podemos rescatar una pregunta fértil sin aceptar toda su antropología. El valor de una persona rebasa lo que produce, lo que publica y la manera en que utiliza su tiempo libre.

Además, disponer de tiempo requiere condiciones materiales. Quien encadena trabajos, atraviesa la ciudad o cuida a un familiar dispone de un margen distinto al de quien tiene ingresos, apoyo y tranquilidad. Invitar a ambos a cultivar su talento con el mismo discurso puede ser una forma elegante de borrar la desigualdad.

Antes de diagnosticar falta de ambición, hay que mirar la jornada. El sermón sobre aprovechar las horas suele pronunciarse mejor desde una casa donde alguien más lava los platos.

También existe talento en la manera de escuchar, enseñar, cuidar, reparar o acompañar. Hay capacidades que nunca reciben un diploma y trabajos indispensables que rara vez caben en una biografía prestigiosa. Una mirada que solo reconoce al escritor, al empresario o al académico llega tarde a comprender cómo se sostiene la vida.

Hasta el descanso quiere pasar por Recursos Humanos

La otra trampa consiste en convertir el aforismo en una orden de productividad permanente. Dormir con culpa. Caminar contando resultados. Leer únicamente para mejorar el currículum. Llevarle un informe de desempeño a cada domingo.

El mercado del rendimiento siempre está dispuesto a vendernos otra rutina para exprimir la mañana. Lo curioso es que, después de comprarla, hasta el amanecer parece tener supervisor.

Descansar, jugar, conversar y contemplar también son formas valiosas de vivir. Una tarde puede merecer la pena aunque no deje una factura, una publicación o una gráfica de avance. Incluso una distracción elegida puede devolvernos aire. El problema aparece cuando la repetición automática ocupa el lugar de la elección.

Por eso me interesa la pregunta por la autonomía: cuánto de lo que hacemos responde a un deseo que hemos examinado y cuánto a una costumbre que se instaló sin pedir permiso. Recuperar tiempo puede significar terminar un ensayo. También apagar el teléfono para escuchar a un hijo, dormir lo necesario o sentarse en silencio sin convertir la experiencia en contenido.

Recuperar una hora, recuperar una decisión

La observación de Schopenhauer vale más como pregunta que como sentencia sobre la calidad de los demás. Podemos empezar por una hora: decidir a qué queremos entregarla y mirar después qué ocurrió. Sin heroicidades de calendario ni promesas de reinventarnos antes del desayuno.

Leer un capítulo con atención. Aprender algo difícil. Escribir una página propia. Conversar sin consultar la pantalla cada tres minutos. Preguntarnos quién gana con nuestros hábitos. Son actos pequeños, pero permiten reconocer una diferencia entre elegir una actividad y simplemente seguir haciendo lo que apareció primero.

La autonomía nunca es absoluta. Tenemos obligaciones, límites y cansancio. Precisamente por eso, las horas disponibles merecen cuidado. También merecemos condiciones sociales que amplíen ese margen; pedir voluntad individual mientras se normalizan jornadas agotadoras resulta demasiado conveniente para quienes administran el agotamiento.

El alemán acertó al incomodarnos con el tiempo que dejamos correr. Su frase pierde fuerza cuando la usamos para presumir que somos excepcionales. La gana cuando nos obliga a revisar nuestras propias servidumbres.

Nos han enseñado a temer que se descargue el teléfono. Tal vez convendría preocuparnos por una vida que se consume mientras esperamos la siguiente notificación.

Nota de fuentes: La formulación inicial procede de la nota de Radio Mitre del 1 de octubre de 2026; su correspondencia filosófica se cotejó con el capítulo II de la obra de Schopenhauer. La aplicación a la vida digital y la discusión sobre autonomía, desigualdad y descanso son interpretaciones del autor.


Sobre el autor. El Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz es profesor-investigador de la Facultad de Administración de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Trabaja sobre administración pública, gobernanza, pensamiento crítico e inteligencia artificial aplicada a la educación y la investigación.

Si estas reflexiones te interesan, comparte la entrada y acompáñame en X: @luisenriquesan. Aquí seguimos pensando, cuestionando e incomodando.


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