
La tarde del viernes 4 de julio, mientras el sol caía sobre la Condesa, apareció Armando Saucedo –barba bien delineada, micrófono de podcast en mano, esa mueca de suficiencia regiomontana que huele a machista recién horneado– dispuesto a “entrevistar” a la marcha contra la gentrificación… No pudo llegar ni a la glorieta de Popocatépetl; lo interceptaron antes. En segundos se armó la verbena: gritos de “facho”, empujones, un par de vasos volando, cámaras temblorosas subiendo clips a X. Al final, Saucedo se coló en la estadística de influencers que descubren que la calle no es set de TikTok: lo sacaron a paso rápido, ojos desorbitados, mientras grababa el drama que luego venderá como “intolerancia woke” (x.com, x.com).
¿Por qué la bronca? Porque el tipo es una enciclopedia ambulante de lugares comunes reaccionarios: misógino certificado, orgulloso homófobo de cabina, panista con vocación de comediante que cree que la desigualdad se corrige a punta de sarcasmo y meritocracia. Sin embargo, el mismo Saucedo lleva meses denunciando en su podcast No es contra ti que Airbnb encarece las rentas, que el Estado se rifa subsidios a los desarrolladores, que al barrio lo empeñaron por likes inmobiliarios (youtube.com). El resultado es la colisión que tanto incomoda a los simples: un facho quejándose de lo mismo que un anarquista. Y, claro, el sentido común explota!
Aquí hay material para un seminario de Gramsci y una sobremesa de cantina. La gentrificación, ese eufemismo con aroma de latte y renta de cinco dígitos, es la zona de intersección donde la rabia popular une a quien agita la hoz y a quien reza el rosario. El problema comienza cuando llega la liturgia de las identidades: a Saucedo le pesa su expediente misógino; a los colectivos feministas y queer les pesa que el fulano quiera colgarse la causa para monetizar clips. Resultado: la izquierda le grita “machito” y la derecha llora por la “libertad de expresión” perdida en pleno Parque México. Todos creen ganar likes; pero nadie gana la ciudad.
Esto ya se vivió. En los años setenta, los frentes vecinales contra la expropiación del Centro Histórico mezclaban militantes del PCM con damas católicas y comerciantes panistas. Funcionó mientras el enemigo fue claro: el bulldozer del gobierno. Hoy, el enemigo es más astuto: viene en forma de brunch dominical, de placa de “pet friendly”, de crédito hipotecario para expatriados. El bulldozer es verde pastel y trae código QR. Y si algo sabe el mercado es capitalizar la disidencia: tu pancarta se vuelve mural “instagrameable”, tu consigna se imprime en tote bag.
No nos hagamos: la ciudad se volvió un ring donde la plusvalía se disfraza de progreso y la corrección política de “nuevo urbanismo”. Ahí, la vieja derecha descubre que también le duele que le suban la renta; y la nueva izquierda descubre que su discurso de “bienvenida a todes” choca con vecinos que llegan cargados de dólares y desplazan sin ver a quién. En medio queda el barrio, con su tortillería convertida en barbería “artesanal” y sus edificios viejos convertidos en sets de Airbnb para gringos que preguntan dónde está el “mezcal auténtico”.
¿Y luego qué? Luego viene la batalla por el relato. Saucedo edita su video y denuncia la “inquisición progresista” que lo expulsó “solo por preguntar”. Los colectivos editan el suyo y celebran la “autodefensa barrial”, de un barrio que por cierto no es el suyo. Mientras tanto el algoritmo, feliz (comiendo palomitas como el meme de Michael Jackson), reparte indignación a partes iguales y multiplica las visitas. El poder –ese que Chomsky describe sin maquillaje– se frota las manos: mientras nos peleamos en 280 caracteres, los notarios firman escrituras, el Invi anuncia “corredores creativos” y los fondos inmobiliarios sacan cuentas.
Lo sé porque lo he visto: primero fue Atlixco, luego Cholula, ahora Puebla capital. Llegan los “nómadas digitales” con sus laptops y su inglés que presume humildad. Prometen dinamizar la economía y acaban dinamizando, sobre todo, la paciencia de quienes pagan renta. El ayuntamiento, claro, pone alfombra roja: “Inversión”, le llaman. Inversión que arranca de raíz la vida de la vecina que vendía tamales desde antes que existiera Uber Eats. Inversión que manda al maestro jubilado a pedir sofá en casa de su hija porque el casero “reacondicionará” el departamento para rentarlo en dólares.
“Pero solo el diez por ciento de los pobres salen de la pobreza”, repiten los Radioajo de la vida, citando números inventados para justificar la dejadez estructural. Les respondo con cifras del CEEY y con la memoria de mis alumnos: siete de cada diez nacen abajo y ahí se quedan. La escalera social es, para la gran mayoría, un sketch de comedia negra; solo suben los que ya traían el ascensor privado. Y sí, de vez en cuando una Cecy triunfalista aparece como unicornio meritocrático, gritando que “el pobre es pobre porque quiere”. Pero la anécdota no derriba la estadística; apenas la cubre con brillantina para que brille un instante en las stories.
Mientras discuten, la ciudad sigue vendiéndose al mejor postor. El gobierno de Sheinbaum habla de vivienda social, pero la IP ajusta precios más rápido que cualquier decreto. Los libertarios abrazan el santo grial de la “propiedad absoluta”, aunque el propio Adam Smith ya admitía que el mercado necesita diques. Yo, por mi parte, insisto en la herejía: la vivienda es un derecho, no un souvenir para nómadas con tarjeta black. Radical? Tal vez. Pero más radical es desplazarte de tu barrio porque el algoritmo dijo que tu calle tiene “potencial boutique”.
En eso estamos: una marcha que junta a punks veganos y a señoras católicas, un influencer de ultraderecha que cita a Marx para presumir congruencia, una policía que observa y toma nota, un alcalde que sonríe desde la terraza recién inaugurada. Y nosotros, los testarudos, los que hemos leído a Gramsci con resaca y a Chomsky en el camión, seguimos escribiendo entre la furia y la ternura, porque el barrio también se defiende con memoria.
No es romanticismo, es apego. Barrio es la abuela que saluda desde la ventana, el señor del puesto de periódicos que fiaba el Ovaciones, el perro que sabe de oído cuándo se abren las tortas de la esquina. Todo eso cabe en un Excel de plusvalía con una sola palabra: “oportunidad”. De ese tamaño es el despojo.
Así que sí, Armando Saucedo seguirá diciendo que fue víctima de la izquierda intolerante. Y tal vez lo fue. Pero que no se haga: él también participa de la misma maquinaria que desplaza mientras monologa sobre libertad. El problema no es que lo hayan corrido; el problema es que la ciudad se está quedando sin espacios donde discutir sin que la renta te eche antes de terminar la frase.
Al final, la gentrificación no entiende de izquierdas ni derechas; entiende de bolsillos. Y en este juego, quien tenga menos se va primero, sin importar cuántas etiquetas progres o conservadoras coleccione. La pregunta –esa que no cabe en TikTok– es quién contará la historia cuando el último vecino auténtico apague la luz y deje la llave debajo de la puerta. Yo, por lo pronto, sigo aquí: rascando la herida, escribiendo con coraje, esperando que al menos la palabra se quede donde ya no caben ni Starbucks ni Saucedos.