Todo esto huele a déjà vu, pero con perfume de vigilancia digital recién destapado. Hace apenas unos meses –sí, cuando todavía seguíamos discutiendo el cadáver tibio del artículo 480 y yo me ganaba mi flamante amonestación administrativa por “alterar el orden académico” al denunciarlo– la Rectora Cedillo nos prometía un nuevo amanecer pedagógico: el Sistema de Evaluación e Investigación Institucional para el Desarrollo Académico, SEIIDA para los cuates. Ahí, con sonrisa de cartón piedra, habló de “política holística”, “mejora continua” y “confidencialidad de los participantes”. El boletín oficial está fechado el 24 de junio; curioso que el pdf se esconda tras un muro de “error 404”, aunque todavía se lee en los rastros que deja Google: tres ejes de acción, el docente, la gestión y –oh sorpresa– “la evaluación del alumno al entorno”.


Lo verdaderamente candente llegó en forma de nota relámpago –publicada y a las pocas horas volatilizada– en Diario Cambio: “Tuercen a los profes BUAP: si son tardistas o faltistas serán reportados vía app por alumnos”. No es metáfora. A partir de agosto, dice el texto fantasma, cualquier estudiante podrá abrir la aplicación oficial, tocar denunciar y, gracias a la geolocalización obligatoria, enviar un reporte exprés que aterriza en Contraloría, Recursos Humanos y la secretaría académica correspondiente.
Dicen que no es punitivo, que solo quieren información “precisa”. Igualito que el gran hermano de Orwell: no te castiga, nada más te observa… hasta que acumulas suficientes faltas para justificar un proceso sancionador. En la conferencia interna donde el vicerrector José Jaime Vázquez López presumió el invento, se le escapó una frase brutal: “quien reincida tendrá que explicar su práctica docente”. Faltó agregar: y si tu explicación no convence a la burocracia, prepárate para la hoguera administrativa.
Ahora conecten los puntos. Yo, profesor incómodo que se niega a firmar actas de silencio, llevo meses enfrentando la vendetta institucional: oficios sin respuesta, citatorios ambiguos, rumores de que “el maestro Sánchez es conflictivo”. Y sucede que el SEIIDA, matriz supuestamente holística, incorpora un módulo hecho a la medida para catalogar esa conflictividad en tiempo real. Como quien dice: primero te etiquetan como problemático, luego te montan un escaparate digital donde cualquier alumno –motivación, hartazgo o consigna mediante– puede apretar el botón rojo y enviarte a la lista negra. Hagamos memoria: en los viejos comités de vigilancia sindical bastaba con un chisme de pasillo para descarrilar carreras; ahora bastará con un push notification.
“Es participación estudiantil”, justifican. Curiosa participación: el chico entrega sus datos de ubicación mientras señala con el dedo al maestro. ¿Consentimiento informado? ¿Protección de datos sensibles? Como diría Gramsci, el sentido común hegemónico se fabrica justo ahí, en esa mezcla de app-store, pedagogía Ikea y lógica de la delación. Y si Kafka levantara la ceja, vería que ya ni siquiera necesitamos un castillo: basta un servidor en la nube y un algoritmo que calcule la reincidencia.

No nos hagamos. El modelo inspira a los mismos que redactaron aquel artículo 480: tipificar la crítica como “agravio reiterado” y venderlo como salvavidas de la convivencia. Hoy no es delito penal, pero es expediente laboral. Y aunque repitan la letanía de “no es represalia, es calidad educativa”, el poder disciplinario funciona con la misma gasolina: miedo a la denuncia, autocensura, sumisión preventiva.
¿Y luego qué? Mañana quizá suban el umbral: si no subes tu clase a Classroom antes de las 7 a.m., alerta automática; si un estudiante graba tu comentario irónico sobre la gubernatura, alerta con video adjunto. El mejor panóptico es aquel donde el vigilado colabora alegremente porque cree que es parte de la modernidad. Foucault brindaría con mezcal.
Así que sí, Rectora, Vicerrector, equipo digital de la “Nueva BUAP”: el sistema les quedó redondo. Para los docentes que se conformen con llenar rúbricas y aplaudir al final de la asamblea, será un juego de puntos estilo Starbucks. Para quienes seguimos creyendo que la universidad es trinchera crítica, será un rifle Nerf pintado de colores, pero con balas de verdad cuando la estadística diga “reincidente”.
Y todavía me preguntan por qué traigo el tono mordaz subido de volumen. Porque en la historia de esta universidad las políticas “no punitivas” casi siempre terminan en sanciones. Porque el expediente que hoy me abren por el 480 y la carta que aún no responden se hermanan con la app delator: dos caras del mismo triángulo de control, silencio y castigo. Porque si algo he aprendido en veinte años de aula es que la autonomía empieza defendiendo el derecho a llegar tarde cuando la clase lo amerita, a improvisar cuando la chispa lo exige, a discutir poder sin la amenaza del infierno digital.
Lo dije en la cantina la semana pasada, mientras un colega brindaba por su ascenso y yo por mi próxima audiencia: esto ya lo vimos. La lógica es sencilla, casi de caricatura –la caricatura que Monsanto, Monsiváis y Chomsky escribirían en coautoría: si un profesor incomoda, conviértelo en variable; si protesta, conviértelo en outlier; si insiste, bórralo del dataset.
Pero acá seguimos, renglones torcidos, subrayados a mano. Los algoritmos podrán etiquetar faltas, nunca presenciar la chispa que enciende un seminario cuando un alumno pregunta lo prohibido. Por eso escribo: para dejar constancia de la pequeña rebeldía de decirlo en voz alta, antes de que el siguiente push notification intente convertirme en estadística de tardismo.
Y si mañana la app me regala otro reporte, lo voy a enmarcar como diploma de resistencia. Que quede en la nube universitaria: el profesor que llegó tarde porque estaba defendiendo la libertad de todos para llegar.
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👤 Semblanza del autor:
Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz es profesor-investigador universitario, consultor en políticas públicas y comunicación estratégica. Crítico del poder sin maquillaje y defensor de las libertades civiles en la era digital, escribe sobre derecho, política y sociedad desde una mirada filosófica, irónica y combativa.