Por Luis Enrique Sánchez Díaz
¿Alternativas al neoliberalismo en la universidad? Me lo preguntan como si fuera un acertijo imposible, como si desmontar el modelo que convirtió las aulas en maquilas y los saberes en mercancías fuera una utopía. No lo es. El problema no es técnico, es político. Aquí va una propuesta realista, con los pies en la tierra y la mirada en el horizonte:

1. Financiamiento público garantizado y progresivo
La universidad no debe sobrevivir vendiendo rifas, conciertos, ni cuotas disfrazadas de “apoyos voluntarios”. La educación es un derecho, no un negocio. La política de “ponte la camiseta” es el chantaje perfecto para precarizar a la comunidad académica y normalizar el abandono estatal. El dinero público debe garantizar la operación de la universidad sin pedirle a los estudiantes que paguen el precio de la crisis económica ni depender de patrocinios de empresas que después exigen favores.
2. Democratización radical
¿Autonomía? Sí, pero autonomía para quién. No para los burócratas de siempre, no para los rectores que se sienten iluminados, ni para los cárteles académicos que reparten prebendas. La verdadera autonomía es la que permite que estudiantes, profesores y trabajadores decidan en conjunto el rumbo de la universidad. Consejos democráticos, asambleas abiertas, presupuestos participativos. Si la comunidad no decide, otros lo harán: políticos, empresarios, tecnócratas.
3. Enfoque humanista y crítico
No queremos fábricas de mano de obra barata para maquilas digitales ni “emprendedores” a la carta para las Big Tech. Queremos pensamiento crítico, capacidad de debate, formación ética y estética. Que regresen la filosofía, la historia, el arte. Que se enseñe a preguntar, a pensar, a decir “no”. El mercado no necesita más robots funcionales; la sociedad necesita ciudadanos libres y críticos.
4. Ciencia para el pueblo, no para las corporaciones
La universidad no puede seguir siendo el departamento de investigación y desarrollo de las farmacéuticas, las mineras o las big tech. La ciencia debe responder a las necesidades de la comunidad: salud pública, soberanía alimentaria, tecnologías libres, problemas locales. ¿De qué sirve un paper indexado si no transforma la realidad de la gente que sostiene esta universidad con sus impuestos?
5. Condiciones laborales dignas para todos
Sin profesores de asignatura precarios, sin investigadores a destajo, sin personal administrativo explotado, la universidad no es más que un espejismo. Dignificar el trabajo académico es también garantizar la calidad educativa. Salarios justos, estabilidad laboral, respeto a la libertad de cátedra: no son lujos, son derechos.
6. Inclusión real, no de cartón
Las becas que no alcanzan, los programas “para todos” que terminan favoreciendo a los de siempre, las campañas de diversidad que no cambian nada… Basta. Una universidad democrática es una universidad que abre sus puertas a los sectores populares: indígenas, estudiantes rurales, madres solteras, trabajadores. Con apoyos reales, no con discursos vacíos.
En resumen: lo que necesitamos es una universidad pública, democrática, crítica, inclusiva y popular. No la maquila del saber que nos venden los neoliberales.
¿Es difícil? Sí.
¿Es necesario? Más que nunca.
¿Se puede lograr? Solo si dejamos de esperar a los mesías de siempre y empezamos a organizarnos.
Porque si no defendemos la universidad como un espacio de emancipación, otros la seguirán usando como una fábrica de obediencia.