Comunicación política en tiempos de simulación: entre la BUAP crítica y el Estado espectáculo


Por Luis Enrique Sánchez Díaz

En el corazón de Puebla, mientras el poder político se consolida entre reflectores, espectáculos y pactos, una universidad pública, la BUAP, abre sus puertas a la crítica estructural del discurso político latinoamericano. La Conferencia Regional de Comunicación Política en América Latina, organizada por el Instituto de Ciencias de Gobierno y Desarrollo Estratégico (ICGDE), no es un simple evento académico: es una rara excepción de pensamiento libre en un entorno dominado por la lógica del marketing gubernamental.

Rectora Lilia Cedillo en conferencia sobre comunicación política BUAP

¿Qué es la comunicación política?
La comunicación política (contrario a lo que se asume en los gabinetes de propaganda institucional) no es el arte de la persuasión publicitaria ni la gestión de imagen. En términos rigurosos, es el análisis estructural de las relaciones entre poder, lenguaje y ciudadanía. Involucra la disputa por el sentido común, la batalla por la legitimidad y la construcción de narrativas que justifican (o impugnan) el orden existente.

Cuando el discurso político se reduce a slogans, TikToks y actos de masas cuidadosamente coreografiados, no estamos frente a un ejercicio democrático, sino ante una estrategia de dominación simbólica. Una forma de desintermediación que pretende eliminar toda mediación crítica (medios, universidades, ciudadanía organizada) para instaurar una relación directa, emocional e irreflexiva entre el líder y la masa.

El contraste estructural: universidad crítica vs. Estado simulador
Mientras la BUAP convoca a Daniel Hallin, Natalia Aruguete, Silvio Waisbord y Amparo Marroquín para debatir sobre populismo, inteligencia artificial, polarización mediática y crisis democrática, el gobierno estatal prefiere invertir sus recursos en la política del espectáculo: megaproyectos sin planificación, conferencias de prensa diarias sin contenido, y una maquinaria de redes sociales que, más que informar, distrae.

Participantes internacionales en la Conferencia Regional BUAP 2025

Aquí se revela una contradicción profunda: mientras la universidad apuesta por el pensamiento, el análisis y el debate informado, el gobierno apuesta por el control de la narrativa, el vaciamiento de los conceptos y la espectacularización de la gestión pública. En términos gramscianos, una lucha por la hegemonía que el Estado parece estar ganando gracias a la resignación ciudadana, el miedo al conflicto y la ausencia de alternativas organizadas.

Desinformación como política pública
La rectora Lilia Cedillo señaló con claridad el fenómeno: estamos inmersos en una marea de desinformación. Pero esa marea no es accidental ni espontánea; es funcional al modelo neoliberal de gobernabilidad. Un ciudadano mal informado, saturado de contenidos irrelevantes, entretenido hasta el aturdimiento, es un ciudadano desmovilizado.

El gobierno de Puebla no solo no combate esta desinformación: la explota. Construye un discurso de eficiencia, transparencia y modernización que se derrumba en cuanto se aplican herramientas mínimas de verificación o análisis comparativo. En cambio, la BUAP (al menos en espacios como este congreso) se atreve a cuestionar el papel de la prensa, a discutir la instrumentalización de la IA y a revisar críticamente las formas actuales de populismo.

¿Qué papel juega la universidad pública?
En un entorno donde las instituciones educativas se ven presionadas por agendas externas, recortes presupuestales y amenazas a su autonomía, la BUAP demuestra que aún existen reductos para el pensamiento autónomo. Que aún se puede hablar de democracia, veracidad y comunicación política sin subordinarlos al poder estatal.

El riesgo es claro: si este tipo de espacios no se defienden, serán absorbidos por la lógica de la simulación institucional. Y con ellos, se perderá una de las últimas trincheras de pensamiento libre en el país.

Crítica o colapso
Lo que está en juego no es una diferencia de estilos entre una universidad “seria” y un gobierno “popular”. Lo que está en juego es la diferencia entre la crítica y la propaganda, entre el pensamiento y la obediencia, entre una democracia informada y un autoritarismo maquillado con hashtags.

Si la sociedad poblana desea reconstruir una esfera pública mínimamente democrática, debe mirar con atención lo que ocurre en eventos como este. Y debe exigirle al Estado algo más que retórica hueca: pensamiento, rendición de cuentas y, sobre todo, respeto a la inteligencia colectiva.

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