Pepe Mujica: La coherencia como forma de disidencia política en un mundo de simulacros


I. Introducción: ¿Por qué importa Mujica?

En el sistema político contemporáneo, donde la disidencia suele estar cuidadosamente empaquetada para ser funcional al mismo orden que dice combatir, la figura de José “Pepe” Mujica se convierte en una anomalía teóricamente relevante. No tanto por lo que decía (que también), sino por el hecho elemental de que vivía como hablaba, lo cual, en este contexto, es profundamente subversivo.

Y claro, en cuanto murió, comenzaron las necrológicas suaves. La canonización mediática: ese proceso mediante el cual se vacía a una figura de su contenido político real para convertirla en símbolo neutral. No es nuevo. Ya lo hicieron con Martin Luther King (ignorando su socialismo) o Mandela (borrando su lucha anticolonial y anticapitalista). Mujica es ahora «el presidente austero», no el exguerrillero que cuestionaba el poder, el mercado y la lógica extractivista del capital.

II. Marco ideológico: ¿En qué se basaba Mujica?

Mujica no fue un teórico académico, pero su pensamiento puede leerse desde una tradición libertaria de base campesina, articulada con elementos de marxismo humanista, ecologismo político y crítica al productivismo capitalista. En términos teóricos, hay paralelismos obvios con autores como:

  • Errico Malatesta y Kropotkin, por su énfasis en la autogestión y el rechazo a la jerarquía estatal.
  • Murray Bookchin, por su crítica al capitalismo ecológicamente suicida.
  • Antonio Gramsci, por su capacidad de articular una hegemonía contrahegemónica desde lo cotidiano.
  • Y si se quiere hilar más fino: incluso Ivan Illich, por su crítica a las instituciones como formas de dependencia y alienación (educación, medicina, desarrollo).

Mujica también se expresó en claves que recuerdan, con sus matices, al socialismo libertario que siempre he defendido. No buscaba tomar el poder para controlarlo desde arriba, sino demostrar que es posible ejercer poder sin servirse de él. Algo bastante sencillo en teoría, pero casi inexistente en la práctica.

III. Praxis: lo que hizo (y lo que no hizo) Mujica

Durante su presidencia (2010–2015), Uruguay se convirtió en el primer país del mundo en regular completamente el mercado de la marihuana. También legalizó el aborto, el matrimonio igualitario y adoptó un tono ético en la gestión pública que, aunque insuficiente desde el punto de vista estructural, rompió la hegemonía discursiva del cinismo político.

¿Limitaciones? Por supuesto. Mujica no nacionalizó la banca ni rompió con los tratados de libre comercio. No desmontó el extractivismo. Pero tampoco lo prometió. En sus propias palabras, “los cambios reales no se decretan; se construyen, despacito”.

Muchos críticos progresistas esperaban un salto revolucionario. Ignoraron que Mujica no era un mesías. Era un tipo coherente. Y la coherencia en política, repito, vale más que mil discursos de izquierda boutique con Apple Watch en la muñeca.

IV. Repercusiones y apropiación simbólica

El capital sabe cómo digerir la disidencia. Mujica, una vez retirado, fue invitado a foros globales por las mismas élites que representan lo que él combatía: bancos, gobiernos tecnocráticos, ONGs financiadas por el BID o la USAID. ¿Por qué lo hacían? Porque neutralizarlo era más rentable que enfrentarlo.

Convertir a Mujica en postal, en meme o en TED Talk es una forma de cancelar su radicalidad sin decir que se la canceló. Es decir: se lo celebra como “simpático”, “austero”, “folclórico” …y no como lo que realmente fue: un político radical que cuestionaba la codicia estructural del sistema capitalista global.

V. Conclusión: Mujica como figura incómoda

Para estudiantes de Ciencias Políticas, Mujica no es un modelo a seguir porque lo diga Netflix. Lo es porque pone en jaque el núcleo ideológico del Estado moderno, que es la distancia entre la palabra y el hecho. Su legado no está en la marihuana ni en el Fusca, sino en una cosa que a esta altura parece revolucionaria: no mentir.

Y ojo: eso no lo hace infalible. Lo hace peligroso. Porque demuestra que se puede gobernar sin traicionar los principios. Y eso, para los verdaderos dueños del poder (que no son los presidentes sino las corporaciones, los bancos y los organismos multilaterales), es el peor de los ejemplos.


Referencias (sugeridas para ampliar):

  • Bookchin, M. (1995). Social Anarchism or Lifestyle Anarchism: An Unbridgeable Chasm. AK Press.
  • Illich, I. (1971). Deschooling Society. Harper & Row.
  • Chomsky, N. (2017). Who Rules the World? Metropolitan Books.
  • Gramsci, A. (1971). Selections from the Prison Notebooks. International Publishers.
  • Mujica, J. (2014). Una oveja negra al poder (Danza y Turbovitz).

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