Por Luis Enrique Sánchez Díaz
En el folclore político mexicano hay personajes que llegan a la presidencia por la voluntad del poder, otros por la seducción del pueblo, y algunos —los más peligrosamente grises— por la inercia de una tragedia. Ernesto Zedillo Ponce de León pertenece a esa última categoría: el presidente accidental, el sustituto de emergencia, el administrador tecnocrático de un país en llamas que fue puesto ahí no por lo que representaba, sino por lo poco que incomodaba.
Tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio en 1994 —ese magnicidio que aún se maneja en México como secreto familiar con olor a cloroformo institucional— Zedillo fue ungido por eliminación, no por consenso. Era el único priista que reunía los requisitos legales, pero también el que menos capital político tenía. No era el heredero del salinismo, sino su suplente obligado. Su designación no fue una jugada de ajedrez, sino una maniobra de contención.
Y desde ahí, todo fue administración sin liderazgo, voz sin autoridad, presencia sin carisma. Zedillo no gobernó: gerenció. Hablaba con el tono monocorde de un subdirector de planeación y tomaba decisiones como quien ajusta un algoritmo, no como quien interpreta el mandato de una nación. En un país marcado por la teatralidad del presidencialismo, él fue el actor que entró a escena con el micrófono apagado.
Pero sería ingenuo reducirlo a un simple personaje deslucido. La invisibilidad también es una estrategia. El poder que no grita puede ser más efectivo que el que golpea la mesa. Zedillo fue funcional al nuevo régimen de acumulación: el del neoliberalismo sin máscara. Durante su sexenio, se consumó lo que Salinas inició: el desmantelamiento sistemático del Estado social y la consolidación de una oligarquía económica amparada en la legalidad del “rescate financiero”.
El Fobaproa, disfrazado de medida técnica, fue en realidad un robo legalizado de proporciones históricas. Los pasivos privados se convirtieron en deuda pública con la frialdad de un decreto y la complicidad de los silencios mediáticos. Se habló de “estabilidad macroeconómica” mientras se hipotecaba el futuro de generaciones. Se promovió la “modernización” mientras se privatizaban ferrocarriles, carreteras y telecomunicaciones. Zedillo no reformó el país: lo remató.
Y ahora que regresa a la discusión pública mediante artículos que pretenden aleccionar sobre la historia reciente —como si no hubiera tenido nada que ver con ella— conviene recordarle que la amnesia elegante también es una forma de impunidad. Zedillo se presenta como académico, como experto global, como asesor de organismos internacionales que hoy aplauden los modelos que él mismo implementó con resultados desastrosos para los pueblos que los padecieron.
Su presidencia no fue la de un reformista, sino la de un operador. Un hombre que confundió gobernar con cuadrar balances y que trató a México como si fuera una planta productiva de Citigroup. Su legado no se mide en arengas ni en plazas llenas, sino en hojas de cálculo y pasivos estructurales.
En resumen, Ernesto Zedillo representa el ideal del presidente tecnócrata: sin pueblo, sin épica, sin nación. Solo con fórmulas. Solo con cifras. Solo con la fría certeza de haber cumplido con los mercados, aunque eso haya significado fallarle a la historia.
Y aún así, hay quien lo considera ejemplo de moderación y sensatez. Tal vez porque vivimos en una época en que la obediencia al poder económico es confundida con estadismo.