En tiempos de desencanto político, donde la democracia liberal parece tambalearse ante sus propias contradicciones, emergen propuestas que cuestionan el orden establecido. Una de ellas, expuesta por el usuario @Ma_WuKong en un hilo reciente de X (antes Twitter), propone que la República Popular China (RPC) no sólo representa una alternativa, sino que podría ser una esperanza viable para sociedades frustradas con el modelo occidental.
A continuación, te veremos una versión estructurada y explicativa de dicho hilo, para quienes desean entender el modelo chino sin caer en caricaturas ideológicas.
El marco teórico: Marxismo-leninismo con características chinas
La República Popular China se define como un Estado socialista bajo la dictadura democrática popular, con una base teórica en el marxismo-leninismo. Sin embargo, el modelo no es una copia literal de Marx o Lenin, sino una adaptación histórica y materialista a las condiciones específicas de China. A esta fórmula se le llama “Socialismo con Características Chinas”.
Desde la perspectiva marxista, el socialismo no es el destino final, sino una etapa transicional entre el capitalismo y el comunismo. Durante esta etapa, la plusvalía –es decir, el valor excedente generado por el trabajo después de cubrir salarios y costos de producción– no debe enriquecer a capitalistas, sino utilizarse para fortalecer la soberanía nacional, la ciencia, la educación, y la cohesión social.
¿Y la propiedad privada?
Contrario a ciertas simplificaciones, el marxismo-leninismo no niega la propiedad privada, ni condena de plano al empresariado. En sus primeras fases, incluso fomenta su coexistencia para desarrollar las fuerzas productivas. La clave está en que el control de la plusvalía debe quedar en manos del proletariado, y no de una élite privada.
El Artículo 1 de la Constitución china lo deja claro: se trata de una dictadura democrática popular, liderada por la clase obrera y basada en la alianza de obreros y campesinos. La propiedad privada existe, pero se encuentra subordinada al interés nacional, al igual que el capital extranjero.
Un Estado fuerte y cohesionado
El socialismo chino se basa en la idea de que el Estado no debe ser un mero administrador pasivo de los mercados, como ocurre en muchas democracias occidentales. La política debe dominar a la economía, no al revés. Esto implica una estructura estatal centralizada y robusta, capaz de orientar el desarrollo hacia el bienestar colectivo.
En este contexto, el Partido Comunista de China (PCCh) actúa como Partido de Vanguardia, según el concepto leninista. Con más de 100 millones de miembros, el PCCh representa la voluntad y organización del pueblo trabajador, articulando el desarrollo nacional bajo planes estratégicos quinquenales.
¿Qué hace diferente al modelo chino?
Algunas características claves:
Las principales empresas chinas son estatales.
Las empresas tecnológicas (como Huawei) operan bajo modelos cooperativos.
El sector privado existe, pero está alineado con los intereses del Estado.
La inversión extranjera está controlada, directa o indirectamente, por el gobierno.
Esto significa que el ciudadano no está supeditado al mercado, sino que el mercado se subordina al desarrollo de la nación. Enriquecerse, sí, es glorioso (como dijo Deng Xiaoping), pero lo es aún más si se hace dentro del marco de los intereses colectivos.
En contraste: la democracia liberal en crisis
Las democracias occidentales enfrentan hoy un proceso de disolución estructural. En ellas, la plusvalía está concentrada en manos de los capitalistas, y los gobiernos actúan como meros gestores al servicio de esa oligarquía. La política se ha vuelto una rama subordinada de la economía.
Además, se promueven agendas globalistas que debilitan la soberanía nacional. La corrupción se institucionaliza mediante lobbies, think-tanks y ONG’s, consolidando el dominio de élites económicas transnacionales.
España, por ejemplo, se describe como un Estado pos-soberano:
Sin soberanía monetaria (dependiente del BCE),
Sin soberanía legislativa (por imposiciones de Bruselas),
Sin soberanía política ni militar (subordinada a la UE y la OTAN).
Este diagnóstico se extiende a países como México, Argentina o Perú, atrapados en relaciones de dependencia que obstaculizan su autodeterminación.
China como ejemplo, no como copia
Desde esta mirada, China se convierte en un modelo a estudiar, no necesariamente a replicar. Su desarrollo —ejemplificado en ciudades como Chongqing, ícono de modernidad y planificación— acerca más al ideal comunista que muchas experiencias occidentales que se autodenominan socialistas.
Eso sí, se deben respetar las diferencias culturales e históricas. Por ello, se plantea que los países hispanohablantes puedan aspirar a construir su propio modelo: un “Socialismo con Características Hispanas”, adaptado a sus contextos y desafíos particulares.
Conclusión
El hilo de @Ma_WuKong no es una apología ciega del modelo chino, sino una provocación para repensar los marcos políticos y económicos dominantes. Ante una democracia liberal cada vez más deteriorada, la alternativa china aparece como una vía diferente, basada en el control estatal de la plusvalía, la soberanía nacional y el papel rector de un partido fuerte y cohesionado.
¿Podría algún país hispano construir un proyecto propio, que combine identidad nacional con justicia social? Tal vez. Pero para eso, primero hay que estudiar, comparar, y atreverse a imaginar alternativas más allá del horizonte neoliberal.