Los narcocorridos en el México del 2025: La banda sonora del cinismo estructural


Doctor Luis Enrique Sánchez Díaz

Profesor – investigador

En México, donde la realidad parece un guion de telenovela escrito por un Kafka con mezcal, los narcocorridos siguen siendo el himno no oficial de un país atrapado entre la farsa del progreso y el olor a pólvora. Estos cantos, que glorifican a capos como si fueran Robin Hoods con Rolex, no son solo un fenómeno musical: son el espejo de un sistema que se regodea en su propia podredumbre. Mientras el gobierno presume «abrazos, no balazos» y las televisoras venden cuentos de hadas sobre la «transformación», los narcocorridos narran la verdad que nadie quiere admitir: el narco no es la excepción, es la regla. Desmontemos esta tragicomedia, donde la lógica del poder, el mercado y la propaganda se disfrazan de acordeones y botas de avestruz.

El narcocorrido como síntoma, no como causa

Decir que los narcocorridos «promueven la violencia» es tan absurdo como culpar a un termómetro por la fiebre. Estas canciones no crean el narcotráfico; lo reflejan, lo amplifican, lo visten de charrería pop. En 2023, la Secretaría de Gobernación reportó que el 70% de los municipios mexicanos tienen presencia de cárteles. Setenta. Por. Ciento. Mientras tanto, la tasa de homicidios sigue rondando los 30,000 al año, según el INEGI, y la impunidad en delitos graves supera el 95%. ¿Y qué hace el Estado? Prohibir narcocorridos en plataformas digitales, como si censurar una rola de Peso Pluma fuera a desarmar al Cártel de Sinaloa. Ironía pura: el mismo gobierno que no puede controlar las fronteras ni las armas que entran desde Estados Unidos —¡oh, sorpresa, 70% de las armas decomisadas son gringas, según la SRE!— cree que apagar Spotify es la solución.

Los narcocorridos no son el problema, sino el síntoma de un país donde el capitalismo neoliberal y el autoritarismo se dan la mano. Desde los años 90, cuando el TLC abrió las compuertas al mercado salvaje, México se convirtió en el patio trasero de la demanda estadounidense de drogas. El narco no es un «desvío»: es el hijo legítimo de un sistema que premia la acumulación sin escrúpulos. Los capos, con sus mansiones y sus convoyes blindados, son los empresarios modelo del libre mercado, los verdaderos «hombres de éxito» que la élite admira en secreto mientras los condena en público.

La hipocresía mediática: del rating al sermón

Si hay un Oscar al cinismo, las televisoras mexicanas se lo llevan cada año. Las mismas cadenas que llenan sus noticieros con imágenes de descabezados y fosas clandestinas —¡cuidado, imágenes fuertes, pero quédate pegado al comercial!— critican los narcocorridos como si fueran la raíz de todos los males. Televisa y TV Azteca, esas fábricas de sueños donde los pobres siempre terminan siendo felices y los ricos son filántropos, han hecho fortunas narrando la violencia que dicen repudiar. En 2024, series como El Señor de los Cielos y La Reina del Sur seguían dominando el rating, con audiencias de millones según Nielsen Ibope México. ¿La diferencia con un narcocorrido? Que la serie tiene mejor presupuesto y un guion más largo.

Los medios no solo lucran con la violencia: la estetizan, la convierten en un producto de consumo. Mientras un corrido te cuenta cómo «el jefe» escapó de la cárcel, la tele te vende su vida en 4K, con close-ups dramáticos y una balada de fondo. Pero cuidado!…no vayas a cantar sobre eso en una fiesta, porque entonces eres un «apologeta del crimen». La lógica es impecable: el narco es malo, pero si lo pones en prime time, es cultura. Y el gobierno, siempre dispuesto a señalar culpables que no sean él mismo, aplaude la censura de canciones mientras firma contratos con las mismas televisoras para sus spots de «avances históricos». ¿Propaganda? No, «comunicación social». En 2024, el gobierno federal gastó 10,000 millones de pesos en publicidad oficial, según Fundar. Dinero bien invertido para que sigamos creyendo que todo está bajo control.

El narco como fetiche cultural

Los narcocorridos no solo narran; mitifican. Convierten al narco en un héroe trágico, un Pancho Villa con metanfetaminas. Aquí entra la intertextualidad que México maneja como nadie: el narco es el nuevo charro, el bandido bueno de las películas de oro, el que desafía al sistema mientras reparte billetes en el pueblo. Escucha cualquier corrido de Los Tigres del Norte o de Grupo Firme, y encontrarás ecos de Cien Años de Soledad mezclados con Scarface y el argot de Culiacán. El narco no es solo un criminal; es un arquetipo, una fantasía de poder en un país donde el 40% de la población vive en pobreza, según el CONEVAL, y el salario mínimo apenas alcanza para unos tacos.

Esta mitología no surge de la nada. Es el producto de un México donde el sueño neoliberal —trabaja duro, sé emprendedor, triunfarás— es una broma cruel. Cuando el sistema te ofrece un empleo de 8,000 pesos al mes mientras un sicario gana eso en un día, la elección no es tan difícil. Los narcocorridos lo saben y lo cantan sin rodeos: «Prefiero vivir cinco años como rey que cincuenta como buey«. Y mientras la clase media se escandaliza, los chavos de las colonias bailan esas rolas porque hablan de su realidad, no de las promesas vacías de un presidente que jura que «el pueblo está feliz».

La censura como cortina de humo

La cruzada contra los narcocorridos es el enésimo intento del Estado por desviar la atención. En 2023, estados como Chihuahua y Sinaloa aprobaron multas de hasta 700,000 pesos por cantar o difundir estas canciones. ¿El argumento? «Proteger a la juventud». Qué conveniente. Mientras el sistema educativo se cae a pedazos —México ocupa el lugar 54 de 81 en las pruebas PISA— y el 60% de los jóvenes no tiene acceso a empleos formales, según la OIT, el gobierno decide que el verdadero peligro es una canción que hagas karaoke. Es como curar un cáncer con una curita.

La censura no solo es inútil; es hipócrita. Porque mientras se persigue a los cantantes, los verdaderos capos siguen operando con impunidad. En 2024, la DEA señaló que los cárteles mexicanos lavan hasta 50,000 millones de dólares al año en bancos internacionales. ¿Y cuántos banqueros han ido a la cárcel? Cero. Pero tranquilo, que ya multaron a un DJ en Mazatlán por poner un corrido en una boda. Prioridades.

El narcocorrido y la resistencia cultural

Y sin embargo, en medio de este circo, los narcocorridos tienen un lado subversivo. No porque glorifiquen el crimen, sino porque desnudan la farsa del poder. Cuando un corrido cuenta cómo un capo sobornó a un general, está diciendo lo que el noticiero no se atreve: que el narco y el Estado son socios, no enemigos. En un país donde el 98% de los delitos quedan sin castigo, según México Evalúa, estas canciones son una crónica brutal de la realidad. Son el periodismo que los medios vendieron por un cheque, la literatura que la élite desprecia porque no sale en Bellas Artes.

No se trata de romantizarlos. Los narcocorridos tienen su dosis de machismo, misoginia y apología barata. Pero culparlos por la violencia es como culpar a Goya por pintar los horrores de la guerra. Son un reflejo, no un detonador. Y en su crudeza, en su descaro, hay una verdad que el discurso oficial no soporta: México no está roto por los corridos, sino por un sistema que hace del narco su pilar invisible.

Epílogo: La música no mata, el sistema sí

Los narcocorridos seguirán sonando porque México sigue sangrando. No son la causa, ni la solución, sino el grito de un país que no sabe cómo escapar de sí mismo. Mientras el gobierno censura canciones, los cárteles compran gobernadores; mientras las televisoras lloran por la moral, venden sangre en HD; mientras la élite condena la «cultura narco», brinda con los bancos que lavan su dinero. Y en el fondo, todos sabemos la verdad: el narco no es el villano de esta película. El villano es un sistema que nos quiere callados, obedientes y bailando al son de sus mentiras. Pero México, terco como siempre, sigue cantando… Aunque sea un corrido.

Fuentes:

  • INEGI (2023). Estadísticas de mortalidad.
  • CONEVAL (2024). Medición de la pobreza.
  • Secretaría de Relaciones Exteriores (2023). Informe sobre tráfico de armas.
  • Fundar (2024). Gasto en publicidad oficial.
  • Nielsen Ibope México (2024). Ratings de televisión.
  • DEA (2024). Reporte sobre lavado de dinero.
  • México Evalúa (2024). Índice de impunidad.
  • OIT (2023). Informe sobre empleo juvenil.
  • PISA (2022). Resultados educativos.

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