El 5 de abril de 2025, el Parque Bicentenario —uno de los pocos respiros de concreto reciclado en la Ciudad de México— se convirtió en el escenario de una tragedia anunciada. Dos personas murieron aplastadas por una estructura decorativa movilizada por una grúa durante el festival AXE Ceremonia. El desplome no sólo expuso las fallas estructurales de un evento cultural, sino la precariedad sistémica con la que se gestionan las crisis en este país: una mezcla de comunicados vacíos, tecnocracia ornamental y una estética de la impunidad perfectamente calibrada.
En mis 25 años dedicado al análisis y diseño de estrategias de manejo de crisis —en contextos que van desde desastres naturales hasta colapsos institucionales— pocas veces he visto una respuesta tan deliberadamente superficial. Y no por falta de talento, sino por exceso de cálculo. La lógica no fue «¿qué debemos hacer para proteger a las personas y asumir responsabilidad?», sino «¿cómo salvamos la marca?».
El silencio como protocolo
Los organizadores del evento se apresuraron a publicar un escueto comunicado en redes sociales. En él, expresaron su pesar y destacaron que las víctimas habían sido «trasladadas al centro de salud más cercano», lo cual ahora sabemos no es cierto. Testimonios de asistentes y registros en tiempo real indican que las víctimas murieron en el lugar del accidente. ¿Por qué mentir? Porque el relato oficial necesitaba tiempo para ganar ventaja narrativa. La muerte en sitio implica negligencia inmediata; la muerte «en traslado» diluye la culpa entre paramédicos, condiciones médicas y el azar.
Pero el silencio fue más elocuente que cualquier comunicado. Mientras cuerpos yacían en el piso cubiertos con mantas negras y rodeados de vallas improvisadas, los escenarios siguieron iluminados, el volumen subió, y el espectáculo continuó. Nada debía interrumpir la maquinaria de entretenimiento, aunque fuera literalmente a costa de vidas humanas. El show debía seguir no por respeto al público, sino por respeto al patrocinador.
Espectáculo, lucro y muerte: un tríptico contemporáneo
No es la primera vez que el entretenimiento colisiona con la muerte en México, pero sí es una de las más descarnadas. El uso de una grúa —no registrada en la supervisión oficial del evento un día antes— para mover estructuras decorativas, sin protocolos de seguridad documentados, no es sólo negligencia: es un crimen logístico envuelto en celofán promocional.
La estructura colapsó por una ráfaga de viento. ¿Qué clase de protocolo permite que estructuras móviles, suspendidas en el aire, estén activas en un parque sin aseguramientos redundantes? La respuesta es simple: el protocolo que subordina la seguridad a la estética, y la vida al branding.
Y como en cualquier escenario de control simbólico, el primer impulso no fue proteger, sino censurar. Seguridad privada —cuya competencia en primeros auxilios es inversamente proporcional a su celo autoritario— intentó impedir que los asistentes documentaran el hecho. Como si un teléfono celular fuera más peligroso que una grúa mal operada.
Gestión de crisis: entre el encubrimiento y la simulación
Lo más grave no es la tragedia, sino su banalización. La gestión de la crisis no estuvo orientada a resolver ni a asumir, sino a atenuar el impacto reputacional. Las herramientas de comunicación fueron utilizadas como escudos, no como puentes. A diferencia de lo que dicta toda praxis en gestión de crisis, no hubo una sola aparición pública de un vocero con credibilidad, no se activó ningún canal de información oficial y constante, ni se reconoció la gravedad del hecho en tiempo real.
El evento no se suspendió inmediatamente; fue la alcaldía quien, cinco horas después, ordenó su cancelación. ¿Y los organizadores? Bien, gracias. Ya preparando el siguiente tuit para expresar “solidaridad” y prometer “mejoras” que jamás llegarán.
La muerte, en estos escenarios, es un daño colateral más en la cadena de suministro de experiencias. El modelo de negocio es claro: emoción masiva, estética fugaz, memoria efímera. Y cuando la tragedia toca la puerta, se gestiona como si fuera un problema de relaciones públicas, no de vidas humanas.
El vacío legal y el exceso de simulación
Las preguntas son muchas, pero una sobresale: ¿quién autorizó la instalación de esa grúa? ¿Bajo qué criterios? ¿Dónde están los registros? ¿Cuál fue el protocolo de emergencia activado? ¿Se consultó a Protección Civil o fue un asunto “interno” de logística privada?
En un país donde la regulación es más performática que normativa, la respuesta es obvia: nadie sabe. Y los que saben, no hablarán. La culpa, en la política del evento, es siempre difusa, delegada, externalizada.
El evento se llama «Ceremonia», y nunca ese nombre fue tan apropiado. Porque lo que vimos fue un rito contemporáneo donde se sacrifican cuerpos en nombre de la apariencia, y donde el altar es un escenario patrocinado por corporaciones para las que la muerte es una variable de riesgo reputacional, no moral.
Epílogo: la muerte como nota al pie
En las próximas horas, las redes se llenarán de mensajes solidarios, playlists conmemorativas y promesas de que “esto no volverá a pasar”. Y, como siempre, volverá a pasar. Porque las estructuras no se caen sólo por el viento. Se caen por la costumbre de poner el espectáculo por encima del ser humano. Y eso, más que un accidente, es ideología.
