La BUAP y la trampa neoliberal: ¿Es posible rescatar la universidad pública?


Luis Enrique Sánchez Díaz




Puebla es una ciudad fascinante. Con sus iglesias barrocas, su gastronomía imbatible y esa mezcla tan peculiar entre tradición y modernidad, ha sido cuna de revoluciones y reacciones en igual medida. En este escenario complejo, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), histórica y emblemática institución, ha vuelto a ser noticia no por sus logros académicos, sino por un paro estudiantil que, aunque intenten minimizarlo desde el poder, expone algo más profundo: la crisis estructural provocada por décadas de instrumentalización neoliberal en la educación superior.

El lector atento podría preguntarse: ¿cómo una universidad pública mexicana, orgullosamente autónoma y aparentemente progresista, terminó atrapada en la telaraña del modelo mercantilista? La respuesta, como suele ser habitual en estos casos, se oculta en decisiones aparentemente técnicas pero profundamente políticas tomadas desde las más altas esferas universitarias.

Tomemos por ejemplo el célebre y cuestionado sistema de créditos implementado en la BUAP. Presentado en un inicio como un mecanismo para «flexibilizar» y «modernizar» los planes de estudio, terminó generando una atomización radical del estudiantado. Hoy, el joven universitario promedio compite ferozmente por créditos individuales, mientras la colaboración y la solidaridad — valores históricos de la universidad pública — se diluyen ante la presión constante por la «eficiencia» y la «competitividad».

Pero este mecanismo es solo una pieza del rompecabezas. Sumémosle iniciativas como el llamado Proyecto Fénix, promovido bajo la promesa de digitalizar procesos burocráticos para aumentar la «eficiencia institucional». En teoría, algo positivo; en la práctica, una estrategia perfectamente alineada con la agenda neoliberal para fragmentar la experiencia educativa, transformándola en transacciones impersonales y deshumanizadas que han profundizado la distancia entre autoridades, docentes y estudiantes.

A ello se añade un fenómeno no menos grave: la deliberada ruptura del movimiento sindical universitario. Lo que antes fue un sindicato fuerte, crítico y capaz de ejercer contrapesos significativos frente al poder rectoral, ahora ha sido cuidadosamente dividido en dos facciones: una dócil, cercana a la autoridad, y otra silenciada, relegada a los márgenes del debate público. ¿Quién se beneficia de esta fragmentación sindical? Ciertamente no los profesores precarizados ni la calidad educativa, sino precisamente aquellos que necesitan mantener el control férreo sobre la estructura universitaria.

Y por si fuera poco, la cúspide de estas decisiones antidemocráticas llegó con la eliminación del voto universal para elegir rectoría, sustituyéndolo astutamente por un sistema de voto sectorizado, diseñado claramente para consolidar la hegemonía de ciertos grupos dentro de la universidad, que siguen presentando esta medida como «progreso democrático» sin que a nadie, en lo alto de la BUAP, se le escape la ironía amarga del asunto.

El resultado ha sido devastador: una universidad pública que ha perdido su brújula, sumida en la confusión de su propia identidad institucional, donde la calidad educativa es sacrificada a diario en el altar del mercado y la precarización laboral. Las autoridades universitarias, desde rectoría hacia abajo, suelen justificar estas políticas alegando presiones presupuestarias o exigencias del entorno global. Pero no seamos ingenuos: son elecciones deliberadas. Elegir adaptarse ciegamente a los dictados neoliberales no es inevitable; es una opción ideológica posible.

El reciente paro estudiantil, por lo tanto, no es un capricho juvenil ni una manipulación externa, como ha pretendido retratar cierta prensa aliada a la rectoría. Es más bien un síntoma evidente de que el modelo neoliberal, aplicado sistemáticamente por la actual cúpula del poder en la BUAP, está colapsando por sus propias contradicciones. Los estudiantes no demandan privilegios ni prebendas: exigen dignidad, respeto a la democracia universitaria y la recuperación de la esencia auténticamente pública de la educación superior.

No todo, sin embargo, es desesperanza. Precisamente en este conflicto reside una oportunidad histórica de reinventar a la BUAP, alejándola de la lógica neoliberal y volviendo a situarla como un espacio de pensamiento crítico, plural y profundamente democrático. Para lograrlo, no basta con la simple retórica. Es indispensable construir alternativas reales, participativas, que fortalezcan la autonomía y la cooperación académica por encima del individualismo y la competencia destructiva.

¿Cómo sería esta BUAP renovada? Implicaría recuperar la universalidad del voto, pero también ir más lejos: rescatar la dignidad laboral de sus docentes, restablecer vínculos cooperativos entre estudiantes, docentes y administrativos, y restaurar el sentido original del conocimiento como bien público, no como mercancía. Exigiría valentía y visión, pero también liderazgo auténtico, capaz de enfrentar abiertamente a los intereses creados en los pasillos del poder universitario.

Este proceso no es utópico ni imposible. Pero requiere asumir claramente que los problemas estructurales de la universidad pública no se resuelven con maquillaje institucional ni retórica hueca sobre «competitividad internacional», sino con una transformación profunda y decidida. Los conflictos actuales en la BUAP, dolorosos y complejos, son la oportunidad perfecta para hacerlo. Dependerá de quienes lideren este esfuerzo — académicos, estudiantes, administrativos comprometidos y con auténtica visión — aprovechar esta coyuntura o permitir que pase otra generación perdida entre discursos y promesas incumplidas.

Quizás, al leer estas líneas, algunos en la cúpula universitaria se incomoden ante la perspectiva de una nueva generación de liderazgos que amenace sus posiciones cómodas y su discurso repetitivo. Quizás sospechen que estas palabras esconden algo más que simples críticas académicas. Si lo hacen, estarán en lo correcto. Puebla merece una universidad pública de verdad, a la altura de su historia y de sus necesidades sociales, no una fábrica de títulos despojados de sentido humano. La BUAP necesita urgentemente líderes capaces de entender esta responsabilidad histórica.

El tiempo apremia. La comunidad universitaria ya ha mostrado que no está dispuesta a seguir siendo tratada como cliente, sino como lo que realmente es: el corazón mismo de la universidad pública. Es hora de que la autoridad, quienquiera que sea en el futuro cercano, lo entienda de una vez por todas.

Porque, al final del día, el futuro de la BUAP dependerá menos de la retórica institucional y más del compromiso auténtico con una educación pública digna y verdaderamente democrática. Dependerá, quizás, de quienes hoy se atreven a pensar distinto y a proponer con valentía caminos diferentes.

Puebla, y su universidad emblemática, merecen algo mejor. Es hora de que lo hagamos posible.

Un comentario en “La BUAP y la trampa neoliberal: ¿Es posible rescatar la universidad pública?

  1. Felicidades Luis Enrique Sánchez Días, estoy totalmente de acuerdo con tu columna, hace más de 40 años entre a la BUAP, estaba orgullosa de pertenecer a esa universidad, me jubilé en enero no por cansancio sino por desilusión de ver en lo que se convirtió la anti democrática BUAP, alumnos sin compañeros y amigos, profesores más preocupados de hacer circo maroma y teatro para ganar las becas y lograr que el salario suficiente para vivir.

    La rectoría ha declarado que la Universidad es sus estudiantes, con esta ideología los profesores son mal pagados, contratando profesores hora clase con un bajo salario y sin prestaciones gracias a un Sindicato charro que sólo existe dé nombre y representa los intereses patronales.

    Urge una reestructuración total de la BUAP, en la que sus profesores sean parte fundamental de esta, los estudiantes si bien son importantes sólo permanecen en esta alrededor de 5 años, la mayoría de los profesores pasa más de 30 años.

    La BUAP merece ser una universidad donde profesores y estudiantes convivan cumpliendo con sus obligaciones, disfrutando de la enseñanza y el aprendizaje y sus autoridades consigan las condiciones para que esto se logre en condiciones dignas.

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