Por Luis Enrique Sánchez Díaz
Cuando un estudiante se planta con firmeza, con voz temblorosa pero digna, ante la maquinaria institucional que lleva décadas funcionando como un reloj de control, algo cambia. No es el sistema, no es la rectoría, no es el consejo universitario: lo que cambia es el sentido mismo de la palabra “universidad”.
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La reciente intervención de un estudiante integrante del comité en paro en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) no es un simple discurso. Es un acto político de primer orden, una ruptura en la narrativa domesticada que suele envolver a las universidades públicas. Su voz, lejos de ser incendiaria, es lúcida, serena y profundamente incómoda para quienes pretenden gobernar en silencio.
“Nuestra intención no es violenta, nuestra intención no es destruir la universidad”.
Con esta frase, se desactiva uno de los mecanismos más usados por el poder: asociar protesta con violencia, crítica con sabotaje, y organización con amenaza. Lo que se denuncia no es menor: la criminalización simbólica del disenso, una estrategia tan vieja como eficaz para acallar voces sin necesidad de cárceles ni toletes.
“Ellos lo que quieren es una comunidad sumisa, una comunidad callada, una comunidad que diga ‘sí’ a todo. Y nosotros ya no vamos a decir que sí a todo. Ya basta”.
Aquí el estudiante nos presenta la estructura vertical que domina a muchas instituciones: un modelo basado en la obediencia disfrazada de consenso, donde la participación es decorativa y el diálogo, una puesta en escena. Esta frase retumba no sólo como queja, sino como quiebre de contrato simbólico: el estudiantado se rehúsa a seguir representando el papel de espectador en su propia universidad.
Y es que, como bien advertía Noam Chomsky, “el consentimiento no es libre cuando se fabrica desde el poder mediático, institucional o ideológico”. En este caso, la fábrica opera desde oficinas con aire acondicionado y sonrisas paternalistas que, al primer atisbo de crítica organizada, desempolvan amenazas y expedientes.
“No vamos a permitir que nos traten como si fuéramos personas que no tienen la capacidad para tomar decisiones”.
Esta afirmación es devastadora. La universidad que presume formar profesionales, ciudadanos y líderes, es la misma que infantiliza a sus estudiantes cuando piensan por sí mismos. Una contradicción que expone la hipocresía estructural: formar sujetos críticos siempre y cuando no cuestionen al rectorado.
Y sin embargo, ese sujeto crítico ya existe, ya habló, y no está solo.
Miles de estudiantes se están reconociendo en estas palabras. No es una lucha por becas ni por horarios. Es una lucha por el derecho a ser escuchados, por el reconocimiento de su humanidad política, por la posibilidad de construir una universidad donde la crítica no se reprima, sino que se institucionalice como derecho.
“Porque no queremos ser invisibles, porque no queremos ser silenciados, porque no queremos que nos repriman”.
El estudiante no pide privilegios ni favores. Pide justicia. Y en ese clamor, resuena la historia de tantas otras universidades donde el autoritarismo se disfraza de orden, donde la autonomía sirve más para blindar a las élites que para garantizar la pluralidad.
Esto no es un llamado al caos, sino a la conciencia.
“Esto no se va a acabar mañana. Esto va para largo. Pero vamos a seguir luchando. Porque si no luchamos nosotros, nadie va a luchar por nosotros”.
Esa es la verdad que incomoda al poder: la resistencia ha dejado de ser episódica y se está volviendo estructural. Ya no es una toma más. Es un proceso de maduración política de una generación harta de simulación. Y eso, compañeros, no tiene marcha atrás.
A quienes ocupan cargos en la BUAP: escuchen. No aplaudan, no posen, no envíen comunicados vacíos. Escuchen. Porque lo que está en juego ya no es su legitimidad (que hace tiempo perdieron), sino el futuro mismo de la universidad como espacio público, plural y democrático.
Y a quienes están luchando: no están solos. Cada palabra, cada pancarta, cada día de resistencia es una grieta más en la fachada de la obediencia. Ustedes están haciendo historia. No porque se enfrenten al poder, sino porque se están negando a ser parte de su teatro.