El amor en la ciudad: entre la taquería y el neoliberalismo emocional


Amar en la ciudad: una tarea de alto riesgo

Si hay algo que el habitante de la gran urbe mexicana tiene claro es que el amor es una moneda en constante devaluación. Se habla de él con la misma resignación con la que se discute el precio del gas o el tráfico en Periférico: con descreimiento y con la certeza de que, al final, siempre hay alguien que saldrá perdiendo.

En tiempos donde el tiempo es lo más caro, los vínculos sentimentales han pasado de la construcción al consumo. El amor en la ciudad se ejerce bajo neones titilantes, en departamentos minúsculos de colonias gentrificadas y en relaciones que dependen menos del destino y más del algoritmo. Y, sin embargo, pese a la precariedad afectiva que dicta el manual de supervivencia del siglo XXI, aún hay quienes desafían la lógica del desamor y se entregan al atrevimiento de sentir.


Del amor romántico al amor transaccional

Hablar del amor en la ciudad es hablar del fracaso institucional de las promesas románticas. Las telenovelas de los noventa nos vendieron la idea de que el amor era un contrato de exclusividad con final feliz, pero la realidad urbana ofrece una serie de episodios discontinuos donde el compromiso es una noción tan vaga como el respeto a los límites de velocidad.

Hoy, las relaciones sentimentales han sido absorbidas por la lógica del capitalismo digital: en lugar de romance, tenemos delivery de afecto; en lugar de paciencia, swipes compulsivos en aplicaciones de citas; en lugar de compromiso, la eterna consigna de «puedes cancelar en cualquier momento sin penalización».

Romanticismo periférico: el amor como resistencia

Afuera de la narrativa aspiracional de los influencers, del poliamor convertido en nicho de mercado y del desapego emocional con branding de superación personal, aún existen espacios donde el amor sobrevive sin necesidad de validación digital.

En las periferias de la ciudad, donde la precariedad deja menos margen para la cursilería rentable, el amor sigue apareciendo sin pedir permiso. Se le encuentra en los puestos de tamales donde los clientes regatean por un atole, pero no por un beso. Se cuela entre los pasajeros del transporte público que comparten audífonos y cumbias, o en las esquinas donde la vida no vale nada pero el cariño todavía se paga con miradas.

Conclusión: amar como acto de insurrección

El amor en la ciudad no ha muerto, pero sí ha sido disciplinado, despolitizado y empaquetado en versiones fáciles de consumir. Nos han vendido la idea de que querer demasiado es peligroso, que el romanticismo es un lastre y que la independencia es la meta última de la adultez funcional. Pero por más que intenten convencernos de que amar es cosa de débiles, la evidencia sugiere lo contrario: en tiempos de inestabilidad emocional programada, atreverse a querer sigue siendo el mayor acto de insurrección.

Así que si el amor ya no es lo que era, tampoco importa demasiado. Quizás lo que importa es seguir amando, sin garantía de recompensas, pero con la certeza de que todavía, en alguna taquería de madrugada o en algún semáforo en rojo, habrá quien nos tome la mano y nos diga, sin algoritmo de por medio: «quédate tantito más».

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